La virtud del trabajo
Escrito por Guillermo Muñoz de Baena.
Ilustrado por Sergio Neri.
Yo entiendo que, cuando se quiere hablar bien de un hombre, se le atribuyan virtudes como ser inteligente, buen marido, buen padre, buen hijo, buen deportista, hasta guapo si se quiere, pero me niego a que se incluya entre las virtudes que un hombre puede poseer el ser muy trabajador.
¿Desde cuándo ser muy trabajador es una virtud? Yo creo que es lo más denigrante que se puede decir de un hombre: «¿Cómo es Gutierritos? ¡Hombre, muy trabajador!». Suena horrible, ¿no? Cuando se califica a alguien de «muy trabajador» es que no se puede decir nada mejor de él. Ser muy trabajador es el refugio del mediocre. Que yo sepa, de Howard Hughes, Paul Getty, Henry Ford, John D. Rockefeller y mucho otros magnates se han dicho muchas cosas, hasta que su única virtud fue no tener escrúpulos, pero jamás que fueron muy trabajadores. Estoy seguro de que cuando murió Howard Hudges no hubo nadie que dijera: «¡Qué lástima! Era un hombre muy trabajador».
Y este fenómeno no se da sólo en el mundo de los negocios. Si los grandes pensadores o los inventores fueran muy trabajadores, no pensarían ni inventarían nada. O, ¿qué cree usted que andaba haciendo Newton cuando le cayó la manzana del árbol?, ¿trabajando? Para nada, seguramente estaba nada más echado papaloteando. Imagínese lo que hubiera sucedido con la física y las matemáticas si Newton nos hubiera resultado un hombre muy trabajador. Y lo mismo se puede decir de Benjamín Franklin. ¿Usted cree que un hombre muy trabajador anda volando papalotes a los 60 años de edad? Y sin embargo, si Franklin se la hubiera pasado 18 horas administrando una imprenta, nos traerían fintos los rayos. Todos los grandes hombres en el campo del pensamiento han dejado mucho que desear en la cuestión laboral.
Otro claro ejemplo lo encontramos en los deportes. Todo el mundo sabe que, salvo honrosas excepciones, los deportistas son los vagos más grandes que existen y gracias a ello podemos disfrutar de nuestro deporte favorito. Y qué bueno que esto sucede, qué bueno que muchos hombres puedan ganar enormes fortunas sin dar golpe ... ¿se imaginan al «Toro» Valenzuela de director general de su empresa? Yo, en lo personal, lo prefiero en el montículo.
Como se puede ver, en cualquier rama de las actividades humanas se comprueba lo que digo. Por eso, el equivalente a calificar a un hombre de muy trabajador es el premio «Miss Simpatía». Y es que eso es lo único que se puede decir de ella. Mientras que a las demás se les describe como «unos cueros», «unos monumentos», etcétera, de ésta dicen: «¡Ah, sí! Miss Isla Cocodrilo... es muy simpática». Igual sucede en la vida. Cuando un hombre no sobresale ni por su inteligencia, capacidad de liderazgo, institución o hasta por su mal humor, entonces se dice de él lo peor, lo único que lo distingue: que es muy trabajador.
Después de esto, ya sabe, si un día de éstos oye por ahí que alguien opina que usted es muy trabajador —sobre todo su jefe—, invéntese, sin demora, otra característica que lo distinga. Haga gárgaras con extracto de ajo, por ejemplo.
Escrito por Guillermo Muñoz de Baena.
Premio Nacional de Periodismo 1986, en la categoría Escrito Humorístico.
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Texto extraído del libro
A mí me encantan los niños... ¡asados! Y otras historias, México: Publigrafics, 1991.
Publicado por la revista
Algarabía, número 77.
Ilustrado por
Sergio Neri.